
Había una vez, en un reino lleno de castillos y caminos polvorientos sin asfaltar, una princesa llamada Lucía. A diferencia de otras princesas que se pasaban el día tejiendo, a riesgo de pincharse, cuidando enanitos del bosque o, sencillamente, aprendiendo a bailar para impresionar a los príncipes, a Lucía le encantaba algo muy peculiar: los coches.
Sí, los coches. Grandes, pequeños, más antiguos o más modernos, porque su padre, el Rey, los tenía de todo tipo en las enormes cocheras del castillo. Y a la princesa Lucía le encantaba perderse allí, en lugar de pasear por los jardines reales, y escuchar el ronroneo de los motores, comprobar cómo cada pieza encajaba para hacerlos moverse… Desde que el mecánico jefe del reino, que era el prometido de su institutriz, le mostró cómo comprobar los niveles de aceite o la alineación de los neumáticos, Lucía supo que aquello era su mundo. ¡De mayor quería ser mecánica!
–¡Pero Lucía…! –se desesperaba la Reina, su madre, llevándose las manos a la cabeza–. Las princesas no pueden ser mecánicas.
–¿Y por qué no? –preguntaba Lucía, mientras ajustaba las tuercas de una rueda recién cambiada–. Tu tía abuela, la Reina Isabel de Inglaterra, fue mecánica durante la gran guerra y se ocupó de sus coches siempre. ¿Por qué ella sí y yo no?
La Reina fruncía el ceño. No sabía que responderle a Lucía porque la historia de su tía abuela Isabel era cierta.
Pero no solo la madre se sorprendía. Las demás princesas del reino, que se pasaban las horas practicando cómo caminar y saludar con elegancia, también se reían.
–¡Una princesa mecánica! –repetían entre risas–. Para lo único que vas a servir es para arruinar tus vestidos en el taller.
–Tal vez –respondía Lucía con una sonrisa–. Pero ya me llamaréis cuando vuestro coche se estropeen…
Y así fue.
Un día, mientras todo el reino se preparaba para un gran desfile, el flamante coche del Rey y de la Reina que con tanto mimo cuidaban para este tipo de eventos, se averió nada más salir del castillo. Un montón de humo salía del capó y allí nadie sabía qué hacer.
–¡Corre al castillo a buscar al mecánico jefe del reino! –le gritó el Rey al conductor del coche.
–No hace falta, papá, ya me ocupo yo –dijo tranquila Lucía, mientras se dirigía a la parte trasera del coche a por la caja de herramientas.
Mientras todos miraban con asombro, la princesa abrió el capó del coche, ajustó aquí y apretó allá, hasta que en pocos minutos el motor rugió de nuevo, como si fuera nuevo.
–¡Bravo, Lucía! –exclamó el Rey–. Y sin manchar tu precioso vestido, que era lo que le preocupaba a tu madre.
A partir de ese día, nadie volvió a reírse de la princesa mecánica. Y aunque a veces seguía asistiendo a bailes con otras princesas e, incluso, aprendió a tejer para que dejara de gruñir la Reina, Lucía pudo aprender y hacer lo que más le gustaba: ser mecánica, porque las princesas, con título o sin él, podían ser lo que quisieran.
Y colorín, colorado, este cuento se ha terminado.