
Hace unos días que Jesús volvió de realizar su voluntariado en Senegal de la mano de la Fundación Feu Vert. Hoy, ha querido compartir con todos nosotros su increíble experiencia llena de incertidumbre, dudas, ganas y nuevos descubrimientos.
Colaboración en escuelas públicas y privadas apoyando a los profesores de español e inglés
M’Bour y Saly (Senegal)
Del 26 de febrero al 6 de marzo de 2023
Nunca había hecho un voluntariado a tiempo completo. Nunca lo había hecho en otro idioma. Nunca había estado en África…
Todo eran incógnitas y dudas, que suplí con buena disposición y unas enormes ganas de vivir experiencias.
Antes de partir, te hablan mucho del choque cultural, de las medidas sanitarias, de las precauciones, de la seguridad, del calor, los mosquitos, los timos…. En fin, todos los inputs parecen alarmas instaladas para crear desconfianza, abono para el temor y justificación para lo que puedas encontrar. Supongo que es necesario hacerlo. Todos tenemos una idea quizás demasiado bucólica de lo que se espera de nosotros. Vemos gente sonriente en las imágenes, testimonios de agradecimiento a lo que aprendes, caras de felicidad…pero después la realidad puede arrollarte.
Así que tomé la determinación de rebajar todas mis expectativas, poner los pies en la tierra (nunca mejor dicho, apenas había calles asfaltadas) y ponerme un único objetivo… disfrutarlo.
Antes ya de coger el avión estaba feliz. Todo lo que estaba por llegar, fuera bueno o malo, lo iba a gestionar desde un punto de vista positivo. ¿Qué me daba una diarrea? ¡Adelgazaba por fin! ¿Qué me picaban los mosquitos? Me rascaba, como hago en mi pueblo. ¿Qué la comida no me gustaba? ¡¡Me la comería igual…era comida!!
Y eso creo que ha sido el secreto del éxito de este viaje. Cada minuto, cada día, cada experiencia la he disfrutado como un niño, descubriendo un país y una gente maravillosa, amable, simpática y rabiosamente guapa. Los senegaleses son desde luego una raza superior.
Allí todo es tranquilo (excepto el tráfico…), las colas son habituales, la gente sonríe y charla con cualquiera. En la cola de la aduana ya empezamos a interactuar de una forma natural. Sólo había una persona inquieta por todo el tiempo que tuvimos que esperar a que nos visaran el pasaporte….y era francés.
Nuestra misión era ayudar a un profesor de español, Saliou Djae en sus clases en la escuela pública y en otras privadas, así como en cualquier actividad que realizara como presidente del círculo español de M’bour. Nos esperaba a la salida del aeropuerto y su primer gesto fue un abrazo (lo dicho, la empatía senegalesa desde el minuto uno). Después de eso, su cara de asombro por los tres maletones que llevábamos nos hizo temer lo peor… habían venido a buscarnos en un Peugeot 206 más antiguo que la tierra.
Y es que aunque íbamos a realizar un voluntariado tranquilo en educación, teníamos muy claro que no queríamos dejar pasar la oportunidad de colaborar allí donde pudiéramos, por lo que a través de amigos hicimos una colecta de dinero, medicamentos, libros, diccionarios, material escolar, camisetas, mochilas, piruletas, los tan preciados antibióticos, películas, ropa de niños, artículos de higiene… En fin, DE TODO!! Gracias al patrocinio de la Fundación Feu Vert llenamos tres maletas con material para donar directamente, sin intermediarios a los más necesitados.
Ya salir del aeropuerto empieza con una aventura, la de incrustar los tres maletones en un coche diminuto. Con sonrisas y buen humor lo consiguen.
Nuestro destino está en M’Bour/Saly a unos ochenta kilómetros al sur de Dakar, en la costa. Todo está oscuro, son las 10 de la noche, pero ya se adivina tras la ventana el caos que pronto podremos experimentar en vivo.
Vivimos en un piso al lado de un campo de fútbol del distrito. Se ve que es un campo de fútbol porque tiene neumáticos a modo de bandas y unas porterías de madera. Por supuesto, es de tierra. Todas las calles están sin asfaltar, llenas de una arena rojiza fina como la harina, que levanta enormes estelas de polvo. Hay multitud de casas en construcción que están abandonadas lo que asemeja el barrio de Saly Diacksao donde nos alojamos a un terreno baldío en conflicto de guerra, aunque de vez en cuando aparecen casas inmaculadamente pintadas de colores, con jardines frondosos y eso sí, unas amenazantes concertinas que recorren todo el perímetro.
Eso es lo primero que me llama la atención. ¿Realmente son necesarias tantas precauciones? Alarmas, cámaras de seguridad, pinchos…. Pero nada de eso nos hace desilusionarnos. Vivimos en la última planta de uno de los edificios pintado de amarillo (vamos, que al menos está terminado), así que tenemos una tremenda vista del descampado con construcciones medio derruidas y las enormes cantidades de plástico y basura que se acumulan en cada esquina.
A las cinco de la mañana el almuédano (la persona que llama al rezo musulmán) nos despierta. La megafonía está a todo trapo y se repite todos, todos los días…
Al levantarnos vemos en su esplendor las vistas de nuestra casa y las primeras señales de vida. Lo primero un carro tirado por un burro pequeñito, niños que van a la escuela, otros que piden por la calle descalzos, los que juegan al fútbol (también descalzos), una señora que lleva un cesto en la cabeza… Ninguno de ellos repara en que ya empiezo a hacer fotos. Todo me impresiona, todo me fascina y ni siquiera me he quitado el pijama.
Nos llevan al primer colegio, un colegio privado. Nos explican que cuando los niños no son buenos estudiantes en el colegio público, los echan y si quieren seguir estudiando deben hacerlo en uno privado, siempre y cuando sus padres puedan permitírselo, lo que no siempre se produce. Por eso se ven bastantes grupos de niños de entre seis y doce años vagando por las calles, con unos cuencos de plástico en la mano que les sirven para ir recolectando y pidiendo lo que necesitan.
Va a ser nuestra primera clase de español y llevamos un montón de cosas preparadas, pero como casi todo en África, o al menos en Senegal, la planificación y la puntualidad no son los mejores atributos. Me impresiona el color rosa de las paredes, el uniforme blanco de los niños, pero sobre todo me impresiona la construcción. En algunos sitios no hay ventanas, en otros el suelo está roto, hay sillas cojas en algunas esquinas y como no, papeles en el suelo. Pero nada más llegar, Saliou nos recibe con su tremenda sonrisa, nos presenta al director del centro que tiene otra gran sonrisa y empieza definitivamente nuestra actividad. Hasta el momento cero choques culturales, quizás todo lo contrario, una fascinación por la forma de vivir que me enamora. Todos los estudiantes te sonríen (somos los únicos blancos en la ciudad, así que llamamos la atención sin quererlo…) y si bien al principio de la clase estamos todos tensos, por alguna razón que se me escapa tardo exactamente un minuto en sentirme como pez en el agua y empezar a disfrutar. Pero he de reconocer que la mejor parte de la experiencia viene después del primer colegio.
Acompañamos a Saliou al colegio público a continuar con su jornada de profesor de español. De camino, más basura, neumáticos, coches que contaminan, camiones que no frenan, carros tirados por burros, cabras en la carretera, vacas, puestos de comida, de bebida, de ropa, de telas, de café (además del fútbol son unos obsesos del café Nescafé). Casi todos los carteles de las tiendas los hacen los propietarios, con letras torcidas y unos dibujos apasionantes. Y por supuesto con un colorido que te tira de espaldas. El tráfico es caótico, nadie frena porque pierde el más cobarde. Hay motos que circulan entre los coches, peatones que cruzan sin mirar, cabras despistadas y ni un solo semáforo.
M’Bour y Saly son dos ciudades grandes con más de 200.000 habitantes así que es fácil imaginar que sin asfalto y con un volumen de coches y tránsito muy superior al recomendable el caos está asegurado.
Entrar en el colegio público fue como entrar. en un oasis. Al contrario que en la calle aquí apenas hay basura en el suelo, los niños van con un polo verde para uniformarlos. Vemos muchas niñas con velo, aunque solo se tapan el pelo. Todos nos saludan, nos sonríen y hasta nos tocan. Lo primero a la sala de profesores (¡¡claro, es que a partir de hoy somos profesores!!). Es hora del descanso y nos ofrecen un bocadillo y un zumo. He venido a disfrutar, así que no lo rechazo. Pica mucho, me encanta y el zumo está helado con hielos del grifo y metido en botellas recicladas que quien sabe quién habrá utilizado antes. Allá voy, sin miedo. Está todo riquísimo. Conocemos al resto de profesores, más sonrisas, más amabilidad… Es difícil encontrar gente antipática en este país. Y entonces conocemos a nuestro primer grupo:
En lugar de una veintena de chicos y chicas como en el colegio privado, nos encontramos con una clase atestada de más de cien. Hablan alto en Wolof, el segundo idioma después del francés y el que más hablan entre ellos, aunque el francés sea el oficial. Se ríen y cuchichean al ver a dos blanquitos ya mayores entrando en la clase.
Lo que no se esperan es que entremos bailando y gritando ¡HOLA! a los cuatro vientos.
Ya intuyen que aquello no va a ser una clase como las de antes.
Tras las presentaciones, Saliou nos deja llevar toda la clase, así que ni cortos ni perezosos pasamos de la tediosa gramática española, al juego de palabras sencillo. Algo tan simple como enseñar las partes del cuerpo se convierte en un concurso. Y si además las vamos dibujando en la pizarra a la vez que seguimos haciendo el tonto de vez en cuando, en un santiamén hemos conseguido la atención de 100 chavales que participan, se ríen, levantan la mano suplicando que les escojamos a ellos. Nos da un subidón impresionante. Bailamos más, cantamos, más concursos, nos abrazan, nos regalan cosas… realmente una experiencia ALUCINANTE. No hay prejuicios, ni suyos ni nuestros, solo ganas de aprender los unos de los otros.
Y así seguimos en las siguientes clases. Tanto, que se corre la voz en el colegio y al día nos convencen para hacer lo mismo, pero en lugar de español, en inglés…. Llenazo en la clase, como no, actúan los payasos de la tele. Y nuevo éxito, aunque esta vez en inglés…, nuevos concursos, más bailes, más risas, más disfrute…
Estamos agotados pero muy, muy contentos. Nos pueden las ganas y lo estamos dando todo, para que engañarnos.






