
Las afectaciones visuales pueden producirse por dos causas: enfermedades o accidentes. Pero la realidad es que, 7 de cada 10 (el 70%), se producen en el lugar de trabajo.
Tenemos que ser conscientes de la importancia de protegernos los ojos ante posibles accidentes que puedan dañarlos. Para recordároslo aquí tenéis de nuevo uno de los artículos de la campaña “Ojo con los Ojos”, la cual tiene el objetivo de prevenir lesiones oculares durante el trabajo.

Afortunadamente, en las mayoría de los casos, las lesiones oculares pueden tratarse y solo causan molestias temporales. Pero en el momento en que ocurren son suficientemente potentes como para causar una pérdida de visión parcial o total, dependiendo de la gravedad, con la zozobra e inseguridad que ello conlleva. Eso es lo que le ocurrió a Juan Carlos, hace prácticamente 13 años ya, cuando estaba de montador en Elche: “Estaba cambiando un tubo de escape y, mientras usaba el taladro, noté una esquirla en el ojo. No me llegó a la córnea, pero por muy poco. Estuve una semana de baja con el ojo tapado, con todo lo que conlleva eso, física y emocionalmente”.
A Juan Carlos no hace falta convencerle de la importancia de las gafas de protección en taller. Habiendo pasado por lo que pasó, no encuentra excusa suficiente para dejar de usarlas. Pero más allá de las gafas, tiene un consejo: “Es muy importante lavarse las manos antes de quitarse las gafas. Tocarnos los ojos con las manos sucias, puede llegar a ser tan peligroso como no usar las gafas”. Lo que nos recuerda la importancia de usar siempre guantes, pero ya hablaremos de eso en otra ocasión.

“Estaba un compañero cambiando unos amortiguadores y, llegado el momento de colocarlos en el coche, le fui a echar una mano porque la operación era complicada. Estaba duro, no entraban bien. Quise echar un ojo, justo con la mala suerte de que en el momento que fui a mirar cómo iba, se resbaló el desmontable y me dio en el ojo”.
Al principio de la conversación, Alejandro le quita importancia a su accidente: “Tuve una pequeña úlcera en la córnea. Nada grave, unos días echándome unas gotas y una pomada y ya está, sin problema ninguno. Con el ojo tapado estuve solo 3 días y después tuve que usar gafas porque, con la claridad del día, el ojo me lloraba y no era muy agradable. Pero no fue tan, tan grave”.
Pero a medida que va rememorando lo sucedido, Alejandro reconoce que el susto fue enorme: “La verdad es que en el momento del golpe, me flaquearon las piernas y caí de rodillas. No perdí el conocimiento, pero sí, caí, fruto del dolor repentino e imagino, que por el susto. Todo fue mi rápido. Cuando pude incorporarme, los compañeros me acompañaron al baño para limpiarme el ojo y en ese tiempo ya llegó la ambulancia y, justo después, la policía, como es el procedimiento habitual cuando hay un accidente”.
A día hoy, Alejandro es consciente de que, de haber llevado las gafas de protección, se hubiera minimizado el golpe, no afectando al ojo, y nos traslada a todos este mensaje: “Poneos las gafas siempre que el riesgo esté ahí. Sabemos que el riesgo existe porque en cualquier momento puede proyectarse algo y las gafas pueden evitarte un susto importante. No merece la pena asumir el riesgo de sufrir un accidente del que, en el peor de los casos, pueden quedar secuelas”.

La lesión ocular que sufrió Jorge fue derivada de un pequeño accidente sufrido mientras realizaba una implantación, pero es perfecta para explicar la gravedad de las quemaduras en los ojos producidas por salpicaduras de sustancias químicas, que pueden causar pérdida de visión e incluso ceguera. “Haciendo la implantación, me hice un corte en la ceja. Pequeño, pero como sangraba mucho, fuimos al vestuario a desinfectarme y, con los nervios del momento, o porque no puse la mano bien para cubrirme o por las prisas por hacerme la cura, el spray de la solución antiséptica Desinclor, me entró en el ojo”, explica Jorge.
“El dolor era insoportable porque el ojo te arde. Además no te deja de lagrimear y no ves, con lo que la sensación es angustiosa”, continúa Jorge. “De la mutua, me derivaron al hospital y me confirmaron que no era una quemadura grave. Tuve suerte también porque enseguida que me pasó empecé a enjuagarme el ojo, pero el oculista me asustó cuando me dijo que había estado a punto de quemarme la córnea. Fueron 3 días de quemazón, más 5 de tratamiento en los que no veía por ese ojo. La angustia que pasé durante ese tiempo pensando en las posibles secuelas que pudieran quedarme no se la deseo a nadie”.
“Aquí en el 078 tenemos dos compañeros en taller que usan gafas y tienen sus gafas de protección graduadas. Nadie deja de usar las gafas aquí y menos, desde lo que me pasó a mí –nos cuenta Jorge–. Usad las gafas y, no ya por obligación, para cuidar de vosotros mismos. Un aparente pequeño accidente puede tener consecuencias muy graves, y que afecten considerablemente a nuestra vida, más allá del trabajo”.

A José le conocemos casi todos y sabemos que no tuvo un accidente en la vista. Ha perdido un ojo, lleva una prótesis, pero consecuencia de un glaucoma, una afección que lesiona el nervio óptico, fruto de una presión o tensión intraocular, que va empeorando con el tiempo y que, cuando provoca la pérdida de visión, ésta es irreversible, para siempre. Su testimonio atesora un gran valor y una enorme generosidad, repleto de empatía y solidaridad con los compañeros accidentados y de ánimo para el resto.
“Las cosas muchas veces pasan por lo que pasan, no por lo que debería de pasar –comienza su relato José–. Vamos dejando las cosas, como si no fueran vitales. Yo también lo fui dejando, aunque no veía bien. Lo más que hice fue ir a una óptica y ponerme unas gafas. Y hasta que no di cuenta de que las gafas ya no me solucionaban nada, no fui al oculista. Y cuando fui, el médico se llevó las manos a la cabeza. Entonces tenía treinta y pocos, pero mi ojo estaba ya muy dañado. Si hubiera ido al médico antes, posiblemente mi enfermedad no hubiera degenerado tanto con el resultado que ya conocéis”.
“Soy una persona muy optimista y positiva y cuando tuvieron que quitarme el ojo, fue una decisión que no me costó aceptar porque hacía tiempo que los dolores eran muy fuertes –continúa José–. Pero la primera operación fue mal y la fotofobia que me quedó en el ojo bueno no me dejaba vivir. Os cuento todo esto porque a los ojos no les damos la importancia que tienen hasta que les pasa algo, siendo un órgano imprescindible para poder hacer una vida normal. Pese a mi buen ánimo, los problemas graves de visión son costosos de sobrellevar. Tú día a día cambia completamente, tus rutinas se ven condicionadas, si no limitadas, y emocionalmente es difícil la adaptación. Ponerte las gafas de protección es un gesto sencillo, que te puede salvar de lesiones leves, pero también graves, que no tienen vuelta atrás. Yo no puede evitar perder un ojo, pero tú sí. Ponte las gafas”.