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Pablo Paredes (061) A Coruña

MECÁNICA

Cuentan los ancianos de estos lares que hace tiempo había un cartero que bajaba todas las semanas al pueblo a entregar las cartas a cada casa. Cada una era igual a la otra salvo la última del recorrido.
Aquella estaba apartada, tenía un pequeño sendero antes de llegar a la puerta y al lado justo tenía un pequeño garaje con un coche antiguo a la entrada. Cada vez que llegaba era la única casa de todas en las que alguien salía a recibirlo y a darle las gracias por su trabajo. Era una niña pequeña, completamente manchada de grasa y aceite, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Muy feliz. El cartero siempre que realizaba su servicio estaba deseando llegar a esa casa para poder saludar a la niña y ver cómo cada vez crecía más pero siempre la encontraba haciendo lo mismo. Lo que más le gustaba. Nunca vio a nadie más en la casa salvo a su abuelo, un hombre mayor que siempre saludaba desde la ventana, con gran orgullo mirando como su nieta trabajaba en aquel coche. Con toda la dedicación y esfuerzo con el que se persiguen los sueños.

La niña al crecer y tener más confianza con el cartero se animaba a hablarle y preguntarle por su trabajo, siempre le preguntaba ella a él. Este le contaba que como en todos los trabajos a veces hay de todo: nieve, mucho calor, etc. Un día él le preguntó a ella por sus estudios y su futuro trabajo. Ella le contestó que estaba intentando hacer lo que más quería. Al decírselo, el cartero, confuso y algo decepcionado, le dijo que lo intentara pero que en el mundo del automovilismo ella, siendo lo que era, lo tenía más complicado que los demás, por cómo era el mundo. Ella, sin embargo, con una mayor sonrisa le dijo que no le importaba, que daba igual qué eras, lo importante es quién eres y lo fuerte que agarres ese sueño. El cartero, algo emocionado, le preguntó a la chica quién le había enseñado todos los conocimientos que poseía, si su padre o su abuelo. La chica, respirando hondo le dijo: Mi madre. Ella le contó que desde pequeña su madre le había trasladado la pasión por los coches y que a ella, a su vez, había sido su abuelo el que le había enseñado. Toda una cadena de educación y de valores que podrían seguir rompiendo el molde, hasta el día de hoy. Sin importar lo que eres ni dónde quieras estar, sólo quién eres y las ganas que tengas. Y esta chica tenía muchas ganas.

 

Pasado el tiempo el cartero siguió haciendo su trabajo hasta que un día, dejó de ver a la chica en el garaje. Siguió entregando las cartas en su casa, esta vez en el buzón de la puerta. Nadie le iba a recibir al llegar. Se entristeció mucho cuando pasaron las semanas y esa situación se repetía. Un día, no le encendió el coche, llamó a la grúa para que se lo llevaran al taller del pueblo. Al llegar allí salieron 3 mecánicos a ver su coche, empezaron a estudiar el problema y ninguno llegó a dar con la clave, estuvieron un buen rato levantándolo y mirando el motor. En el fondo del taller de repente se escuchó un ruido, como una herramienta de metal caer al suelo. El cartero desvió la mirada de su coche y la vió.
Ahí estaba la chica, limpiando las piezas del taller mientras los otros revisaban el coche. Atónito, el cartero fue hasta donde estaba la chica y le preguntó qué hacía ahí. Ella le dijo que la habían contratado hace unas semanas y que por eso había dejado de verlo cada vez que iba a su casa. Él, sorprendido, le volvió a preguntar qué hacía ahí, limpiando, en vez de estar revisándole su coche. Ella, con casi una lágrima asomando por el rabillo del ojo, fue corriendo hasta el coche. Los mecánicos, estupefactos, se apartaron incrédulos al ver cómo ella se sentaba primero en el coche, hacía contacto con la llave, escuchaba el ruído, salía del habitáculo, miraba el motor, se metía por debajo del coche y al rato salía con un diagnóstico. Les mandó ir a los mecánicos a por un par de piezas, al traérselas ella les dijo que le ayudaran a colocarlas, ellos accedieron y en una hora el coche estaba listo.

 

El cartero, de brazos cruzados y observando la situación sonrió. Por todo. Por la ruptura del molde laboral de género, por las caras de los mecánicos al ver como la chica había dado con la clave, pero sobre todo, por las ganas de aquella mujer. A veces, para conseguir tus sueños, además de fuerza y esmero, necesitas una pequeña oportunidad. Al igual que los gatos, no todos somos pardos, a veces somos blancos y de ojos verdes.

¡Estupendo relato Pablo! muchas gracias por participar.

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